domingo, 7 de noviembre de 2010

Levantaté

¡Levántate y anda! Y ya no existía nada en mis sueños que perdían el sentido con la realidad de la celda cada vez mayor, pero pequeña como siempre. El guarda suspiro, suspira y sé que seguirá suspirando porque no me va a matar, ni él, ni su compañero de las botas militares recién pulidas. Bonito detalle el de pulirlas. Y me cogen levantando por los brazos un cuerpo al que ya no le importa si se mueve o no, “¿qué más dará?” pienso. Pero importa y sé que importa porque trato de recordar la noche anterior y mi capacidad de dormir calmadamente y sin moverme aunque se desenvuelva el Armagedón a mí alrededor. Comiste un bizcocho, te dijeron que si no querías más porque no comerías en mucho tiempo, respondiste que no y nada más acabártelo te tumbaste a dormir. Sí, así fue o así lo imagino, ¿Y qué más dará? Ya estoy en un pasillo y siguen ahí, quizás por un sentimiento de culpabilidad me siguen llevando los brazos, porque yo sé andar y tan de repente mi cuerpo decidió que lo más digno era andar. Andar de pie que no ser arrastrado de rodillas, porque es más digno, y hablaran de mi en sus casas y podrán decir que andé, que ni me empujaban ni me dejé arrastrar, y podrán decir que no solté ni un grito que no me queje y que era justo lo que me harían por todas estas razones. Y justo sería, cuando llegábamos al final del pasillo que ya veía la famosa sala. Como en las películas, que empeño, que cuidado al detalle y yo esperando la llamada de aquel teléfono negro que colgaba en la pared, un alcalde de nombre extranjero que me salve, que justo ahora se abolió la pena de muerte y me quieren salvar de nada (lo mismo el resto de mi vida en una celda que allá a donde me llevan). Pero yo espero esa llamada que me declare también milagrosamente inocente. Solo otra camiseta en la maleta. Solo otro suvenir y nada más, porque saldría de viaje después de aquella llamada, viajaría sin amarras de plástico que me mantuviesen tumbado en el mismo sitio, viajaría sin miedo de enfermedades alergias ni pinchazos de mosquito de malaria como el que acabo de sentir. Oigo el sonido de un teléfono o el aleluya de los Ángeles, y puedo viajar, calmado y sin moverme.

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